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El hambre como arma de guerra

 Yarmuk 4 DIC 2015 – 21:43 CET

En la guerra siria, unas batallas se ganan con las balas, otras con el hambre. En los múltiples frentes estancos de una guerra que dura ya casi un lustro, y que se ha cobrado más de 240.000 vidas, la estrategia consiste en sellar a cal y canto las ciudades para que el enemigo se rinda. Una técnica inaugurada en esta contienda por el Ejército sirio, y replicada por los insurrectos.

Las balas apenas rezuman ya en el campo de refugiados palestinos de Yarmuk (fundado por descendientes de los desplazados por el nacimiento de Israel en 1948), a tres kilometros al sur de Damasco. Prueba del impasse son las plantas de albahaca de metro y medio que florecen bajo el cuidado de los uniformados en el último control militar. En dos años, la línea del frente apenas se ha corrido 200 metros. “Queremos que los armados autóctonos del campo entreguen sus armas y expulsar a los terroristas de Daesh [acrónimo peyorativo en árabe para referirse al Estado Islamico] y Al Nusra [rama local de Al Qaeda] hacia el sur, fuera de la línea de Damasco”, dice Abu Qifah Ghazi, responsable del Frente Popular para la Liberación de Palestina-Comando General (aliado del régimen sirio).

El frente de Yarmuk —donde un centenar de personas murió de inanición— no es ahora prioritario, por lo que los soldados apostados a su entrada beben mate —típico en Siria como en América Latina— y decoran sus posiciones. Un soldado que acaba de hacer la colada la cuelga del tendedero con un osito de peluche. “Se le cayó mate encima así que lo ha lavado”, explica otro soldado. Algunos uniformados llevan ya dos años en esta posición, y se esmeran por dar un toque de normalidad a estos frentes inertes convertidos en su nuevo hogar. Las lonas colgadas entre edificios para bloquear la mirilla de los francotiradores son lo único que recuerda que allí aún sigue latente la guerra.

En el frente de la ciudad vieja de Alepo, se repite el mismo escenario de neones y teteras. Los asedios estrangulan a los combatientes y por ende a las poblaciones atrapadas. Tan solo algunos convoyes de ACNUR (la agencia de la ONU para los refugiados) y de la Media Luna Roja siria logran romper ocasionalmente el cerco para repartir ayuda humanitaria.

A pesar de la presión, pocas han sido las treguas alcanzadas. En mayo de 2014, el Ejército sirio abría un corredor para unas 2.000 personas, incluidos unos 600 combatientes rebeldes. El próximo lunes, se pretende replicar una tregua similar en Al Waer, el único de los 36 barrios de Homs aún bajo control rebelde. “Se trata de alejarlos de la ciudad hacia Idlib, donde será más fácil combatirlos porque en el centro de las ciudades es más complicado debido al numero de civiles y callejas”, explica un oficial del Ejército regular.

Comida desde helicópteros

Uno de los cercos menos visibles ante la opinión pública pero que corre el riesgo de convertirse en un segundo Yarmuk, son los tres barrios de la norteña provincia de Deir ez Zor, aún bajo control del Ejército. La base militar de esta ciudad, a 140 kilómetros al sureste deRaqa, lleva 10 meses rodeada por el ISIS. Los escasos alimentos que entran lo hacen desde helicópteros militares. Los vecinos mueren literalmente de hambre. Y ello sin disponer de un solo hospital que trate a los enfermos.

“Beben agua sucia del Éufrates y cuecen hierbas”, relata Mounir K., ahora refugiado en Turquía y cuyos padres permanecen en Abu Kamel. Sin que ninguna ayuda humanitaria haya logrado romper el cerco impuesto en tierra del ISIS, los civiles más pudientes intentan escapar en barcazas pagando hasta 150 euros por persona que reparten entre los traficantes de la rivera leal y los de la rivera yihadista.

Omar Abu Leila, fundador del grupo @deirezzor24, en el que una veintena de ciudadanos informan desde dentro y fuera sobre la situación interna, advierte de la grave crisis humanitaria: “La situación es muy crítica. Y va a peor con más aviaciones sumándose a los bombardeos sobre Deir ez Zor. Solo la semana pasada murieron dos niños por falta de alimentación”.

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